Diez enfermedades mortales de la educación

“Porque de ahora en adelante el mundo se dividirá en rápidos y lentos”, decía Alvin Tofler. La frase sirve para darle marco a un análisis sobre la actualidad educativa de la región, haciendo hincapié en las enfermedades que padece la educación y la creciente confusión de medios con fines en el marco de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

El desarrollo actual de la sociedad exige cada vez mayores requerimientos al Sistema Educativo. Nadie duda que el futuro de una institución, una sociedad, un país y el mundo; está ligado, casi con exclusividad, a la adecuada formación de sus recursos humanos. Esto no sólo es advertido por los expertos y analistas, sino que la mayoría de los pueblos son conscientes que su posibilidad de progreso y felicidad depende en buena parte de la educación que reciban.

La expresión puntual de este deseo -por lo menos en muchos países de América Latina- se materializa por lo general en el pedido de padres y alumnos de incorporar recursos tecnológicos a las instituciones educativas. Como reacción, los establecimientos se han apresurado por satisfacer esta demanda concreta, con la ilusión -en parte cierta- de que con la incorporación de tecnología estaban dando una respuesta actualizada y eficaz a un requerimiento social, consiguiendo también un incremento en su matrícula.

Las instituciones educativas, de un año a otro, o de un día para el otro, se encuentran ante el problema de emplear un medio que les era extraño a su estructura pedagógica; obligándoles a recorrer múltiples alternativas y probar distintas recetas de diferentes especies, con resultados generalmente desfavorables o frustrantes.

En los hechos, no se ha tomado en cuenta que las nuevas tecnologías requieren sustancialmente de quienes tengan el conocimiento sobre cómo emplearlas adecuadamente.

El peor de los errores -a mi entender-, y lo digo como profesional de informática con una vasta trayectoria en el ámbito educativo y pedagógico, tanto en el sector educativo como corporativo, es que los empresarios o directivos de la educación interpretaron o interpretan literalmente, el  pedido de la comunidad educativa de “incorporar tecnología”.

La gente pide recursos tecnológicos, porque ellas ellos se han convertido en un símbolo de progreso, bienestar, eficiencia, mayores  posibilidades laborales, buenas remuneraciones, etc. Pero también porque hoy la tecnología forma parte de sus hábitos de consumo de acceso a la información y el conocimiento, y son los medios que se utilizan para comunicarse en la vida social profesional, además de ser soporte para todo tipo de procesos profesionales, corporativos e industriales.

Las personas -en realidad- quieren fundamentalmente (y más allá de la prolongación hacia el aula del uso de aquellas herramientas que los apoyan en su vida cotidiana) lo que símbolo significa: buena educación, alto nivel docente, adecuada infraestructura, suficiente tecnología educativa, educación personal, inserción laboral, etc.

Sin duda, los dispositivos tecnológicos forman parte de la educación actual, pero no pueden garantizar por si mismas absolutamente nada, ni son el factor más importante de la calidad educativa.

Por lo tanto, la respuesta institucional a los reclamos de  la comunidad en este sentido, debe ser una respuesta que tome en cuenta todos los factores que hacen a la Educación: Pedagogía, Docentes, Planes de Estudio, Infraestructura, Tecnología, Alumnos, Padres,  Administración, Comunicación, etc.

De lo contrario, ¿creen realmente que la institución educativa sea capaz, en la situación actual, de poder sustentar y mantener realmente un plan de estudio, que por su raíz tecnológica y compleja, resulte más exigente en recursos humanos y materiales que el plan implementado por un establecimiento en el presente?

Siempre me he resistido a la idea de presentar a las instituciones educativas como un modelo  curricular o plan de estudio orientado a la tecnología. Poner en práctica el viejo pensamiento que dice “mejor que regalar un pescado es enseñar a pescar”, es la  mejor forma de que una institución educativa se anime a practicar la creatividad y a usar su imaginación.

Los dueños, rectores y responsables de las instituciones educativas, tienen la solución más cerca de lo que creen. La auténtica solución está en la propia escuela. Solo deben crear la atmosfera, la situación, y la posibilidad de que ésta se manifieste. De esta forma -sencillamente- no tendrán solamente un plan nuevo, sino un plan posible y una nueva institución con vida por años.

No se descarta en esto la colaboración externa de especialistas, que oportuna y temporalmente pueden estimular y  servir de apoyo al proceso de diseño e implementación del plan. Si la colaboración se prolonga en el tiempo, deja de ser  estimulante para provocar parálisis.

Vale hacerse algunas preguntas: ¿Resulta agradable para el claustro docente que se les esté diciendo ‘de afuera’ como hacer su propio trabajo? ¿Favorece la creatividad y la energía, que a la profesora de contabilidad, matemática o lengua le barajen sus contenidos sin tomar en cuenta sus ideas, experiencias, deseos y sentimientos? Y todo  esto en función generalmente de los recursos tecnológicos y del área de tecnología de la institución, que continúa siendo un área inexpugnable y aislada, como si la tecnología fuera el fin y no el medio. Cuando en realidad la responsabilidad de la aplicación pedagógica de los recursos y la ejecución del plan educativo, debería y tendría que ser de los docentes del plantel permanente y los directivos de la institución.

Nadie  hace algo bien, sino quiere lo que hace. Nadie quiere algo impuesto y a despecho de su parecer. Es muy importante que los docentes tengan derecho a dar su opinión con respecto a cómo solucionar los  problemas relacionados con su trabajo. Por esto insisto que las colaboraciones, a veces necesarias, no deben extenderse demasiado en el tiempo, ubicándose como estimuladores de un proceso de diseño de un plan, no como proveedores de recetas. Las instituciones educativas, tienen un gigante dormido en ellas, hay que despertarlo y ponerlo a trabajar.

La pregunta, siempre es cómo logar la atmosfera que posibilite el proceso creativo, que despierte en la institución la generación de ideas y proyectos superadores, cómo lograr el clima de confianza para concretar esas ideas y proyectos.

El problema es cuando no se busca despertar ese gigante dormido, cuando no se tiende a generar un ámbito de confianza y superación. Allí es cuando comienzan a darse los primeros síntomas de enfermedad. Y en aquello de confundir medios con fines, no sea que cambiamos de termómetro (recursos tecnológicos, por ejemplo) en lugar de atender a las razones que provocan la fiebre.

Las enfermedades mortales de la educación

Edwards Deming, considerado padre de la calidad y autor de la revolución industrial automotriz japonesa (el llamado milagro japonés de las empresas automotrices), definió una serie de enfermedades de la gerencia y  obstáculos para el crecimiento de las empresas u organizaciones. Tomándolas como fuente y base para este análisis a las enfermedades mortales que identificaba Deming, las hemos adaptado al mundo educativo, con el objetivo de provocar reflexiones que permitan prevenirlas o superarlas.

1. La Falta de constancia en cumplimentar los objetivos institucionales.

Si ser constantes en el propósito es esencial para la supervivencia institucional, la  falta de constancia es su ruina. No ser constante quiere decir varias cosas: dividendos a corto plazo, carencia de objetivos y  planes a largo plazo, por ejemplo, esto no tarda en hacerse evidente para todos.

En general, toda la educación es sacudida demasiado frecuentemente con reformas, contrarreformas, planes, modificaciones que van y vienen, coincidiendo con la  autoridad de turno. Cada maestro con su librito, cada ministro con su programa. Los docentes, desanimados, desilusionados y  descreídos necesitan garantías para creer que esta vez las intenciones son serias. Una forma de demostrarlo es invertir dinero en capacitación, equipos, etc. Pero con criterio, con planificación, con sustento pedagógico y una adecuada estrategia educativa. No será este, de todos modos, un proceso fácil de recorrer, habida cuenta de los años llenos de anunciadas primaveras pero de crudos inviernos.

Ser constante en el propósito significa definir los  objetivos institucionales, no para llenar un espacio formal sino para que efectivamente guíen, den sentido a los esfuerzos y formen la personalidad del Instituto.

2. El énfasis en las ganancias a corto plazo

“Las empresas actuales están controladas por magos  financieros, abogados o contadores que alegremente manipulan cifras, pero no hacen cambios sustanciales ni en la producción ni en la calidad. Están al servicio de los accionistas y obligados a  entregarles a estos dividendos trimestrales cada vez mayores” (Deming).

A esta aseveración no escapan -desgraciadamente-  las empresas educativas. Esta mentalidad, que aplicada a las empresas resulta mortal, aplicada a la educación es aún peor, por la trascendencia que esta tiene en la vida de las personas.

La ambición de ganancias a corto plazo o la necesidad de recuperar  la inversión, conduce al empresario a una administración avara y mezquina, lleva a una organización a adquirir la misma mentalidad, y al final del camino disminuye las ganancias.

El fenómeno es parecido a la  explotación de un bosque: uno puede querer toda la madera y por lo tanto talar todos los árboles. Pero una vez que recuperó  toda la  inversión, ¿qué es lo que queda?

La educación es una actividad que hoy ofrece buenas expectativas comerciales, más aún si se hace bien. Además, ofrece como pocos negocios una recompensa moral y  social; pero como pocas actividades que generan dinero, está asociada a los bienes más altos del hombre y a su futuro. Por ello, lo importante es hacer énfasis en la calidad de la educación, ya que a partir de allí la bonanza económica y financiera de una institución vendrá como consecuencia.

3. La movilidad docente

Como consecuencia de diversos factores, entre ellos el  económico, pero también el deseo de resultados a corto plazo, impulsan el cambio y recambio del personal de la escuela.

La educación es un clima, una atmósfera, que no está expresada en la letra de los estatutos, ni en los reglamentos internos. Es algo que se respira, más sensible que pensable, algo que nos hace sentir orgullosos y contentos, a gusto, o todo lo contrario.  Esta atmósfera es producto fundamentalmente del  arraigo y del cariño que la gente tiene por la Institución a la  que se siente pertenecer.

No es lo mismo tomar una materia por un semestre o por un año, que venir trabajando sobre ella por años y pensar en los años que vendrán. Un rector no puede dominar sus funciones, ni sentir satisfacción por su trabajo si vive encadenado a la idea de que lo han de remover en cualquier momento. Los alumnos poco pueden aprender de vivir de ensayo en ensayo, con profesores que a veces no duran más que un día, o que están impartiendo clases de mala gana.

La gente necesita tiempo para aprender a reconocer el ambiente y hacerse de amigos. Nadie puede estar comprometido seriamente a largo plazo si su trabajo tiene un futuro de seis meses o es agobiada con el mal trato. La gente necesita estar satisfecha para permanecer en su trabajo, además de estar bien remunerada.

4. El manejo del Instituto basándose únicamente en cifras visibles

Las cifras visibles son, desde luego, importantes. Hay que pagar sueldos, proveedores, impuestos, etc, pero las cifras que no se conocen son incluso más importantes.

Cuando me toca abordar la generación de un proyecto educativo como consultor externo, prontamente se plantea el tema de los costos que tal reformulación institucional acarrea.

Entonces les pregunto ¿cuál es el costo del sistema actual?, ¿y el costo de la cantidad de horas libres?, ¿y el de la indisciplina que esto genera? ¿Cuál es el costo de la insatisfacción de  docentes, padres, alumnos? Estos costos que no aparecen en la contabilidad, son los “costos ocultos”.

¿Quieren saber en qué proporción se estima que ascienden estos costos? Hace ya muchos años atrás, y esto sigue vigente casi 25 años más tarde, un expositor de la exposición de informática y telecomunicaciones, EXPOUSUARIA ’92, en base a estadísticas de la comunidad europea, sorprendió al auditorio, señalando que del 25 al 40% de las entradas económicas se van en esos costos ocultos. De cada 100 pesos (o la moneda que esté vigente en su país) hasta 40 de ellos van al cesto de  basura como consecuencia de nuestra ineficiencia. 25 años después de esta manifestación que sorprendió a todos, todo sigue igual, pero ya no causa sorpresa porque lamentablemente nos hemos acostumbrado a que así sea.

5. La búsqueda de ejemplos a seguir en lugar de desarrollar las propias soluciones.

Todos conocemos el fenómeno del espejismo en el desierto. Hemos visto en el cine o leído algún libro donde uno de los personajes corría fascinado por la visión de un oasis. El pobre finalmente se estrellaba contra la arena y ni una gota de agua obtenía.

En la copia lisa y llana de planes de estudio y modelos educativos, se produce otro fenómeno comparable al espejismo, en este caso de orden intelectual. Cuanto mejor son esos planes, cuanta mayor es nuestra necesidad, la fascinación, es decir el engaño o la alucinación es también mayor. Como la visión del oasis para el sediento personaje.

Pero el espejismo, por fiel que este sea, no es sino reflejo parcial de algo que existe en otra parte, reflejo de lo visible. En la realidad educativa es más importante por su  naturaleza lo invisible. Podemos copiar contenidos, objetivos, bibliografía, pero no podremos copiar el espíritu de la institución, la trama de relaciones personales de los docentes, y menos aún sus ilusiones, expectativas e intenciones.

No podemos copiar la sociedad que nos rodea, la cultura que nos informa y  sus valores morales. Lo peor de todo será luego querer imponer el modelo “espejismo” a nuestros docentes y alumnos, a toda la comunidad educativa, que espera de nosotros más creatividad y  realismo. ¿Cuánto puede durar esto? ¿Quién podrá soportar por  mucho tiempo que le digan y le hagan hacer cosas sin tener en  cuenta su propio parecer y entender?

Esto no descarta que en el estudio de los programas y planes, indaguemos la experiencia ajena, en la búsqueda de puntos más convenientes o que deben aprovecharse o atenderse, identificando por qué un proyecto tiene éxito o fracasa.

6. No emplear la biblioteca, ni tener sentido de la actividad de investigación.

Hay una forma rápida y eficaz de tener una idea bastante acabada de la calidad y la seriedad educativa de un colegio. Pregunte donde está la biblioteca, cuántos libros tiene, el grado de actualización, y desde luego el empleo que docentes y alumnos le dan.

La biblioteca y la investigación son el alma de la  educación. Si la biblioteca no se usa, algo muy grave está ocurriendo. Es como muchos males, silenciosos, y como ellos  también, cuando se notan, es demasiado tarde. El manejo de textos, dirigidos por criterios de investigación, estimula el espíritu autodidacta y la imaginación, forman el propio criterio, hacen trabajar a la mente en el análisis, en la síntesis, en las  operaciones de la razón.

7. No atender a la planificación y transformación a largo plazo.

¿Existe algo más a largo plazo que la educación? Yo siembro, otro cosecha.

Las emergencias suelen empañar las mejores realizaciones. Atender lo urgente puede convertirse en una costumbre.

Los procesos educativos siempre perfectibles, no pueden desarrollarse sino es en el largo plazo, inevitablemente. En educación no hay procesos mecánicos, y los procesos son generalmente lentos.

El conocimiento se expande, las comunicaciones nos acercan,  el mundo cambia. La empresa educativa debe ser capaz de distinguir el cambio y lo que permanece, lo esencial de la cascara. Y esto es imposible de hacer sino se piensa en un plazo de muchos años.

8. El uso de apuntes en reemplazo de los libros

Los libros son caros, sobre todo si no se van a comprar. En los hechos muchos hoy se manejan con apuntes y fotocopias. Lo llamativo y preocupante, es que el reemplazo del libro de texto se ha generalizado abarcando a instituciones educativas que están muy lejos de la indigencia. Las editoriales suelen ofrecer precios muy ventajosos para compras masivas, además de donaciones a las bibliotecas. Una práctica bastante interesante y provechosa es la de algunos colegios, que el primer día de clase le entregan al alumno toda la  bibliografía del año, dentro del precio de la matricula o la cuota, sin recargarle un solo centavo. Otra solución posible es  que la escuela compre los libros necesarios y ofrezca la  posibilidad de alquilarlos, por un bajo arancel anual.

9. Adjudicar más recursos al metro cuadrado de construcción que a las mentes

Existe una inclinación muy marcada por mostrar el avance de la educación en un colegio, a través de las cifras de construcción edilicia. Así “antes” eran 100 metros cuadrados y “hoy” son 200. No se me ocurre desestimar algo tan importante como la infraestructura, lo que llama la atención es el empleo del ladrillo… como medida de la educación (!).

10. La suposición de que la automatización, las novedades tecnológicas, la computación transformaran la educación.

Los argentinos solemos tener respecto de los avances  tecnológicos posiciones encontradas. Vamos, por ejemplo, de manifestar cierta resistencia a las incorporaciones tecnológicas, hasta tener una gran afición por los juguetes y los juegos tecnológicos. La tecnología por sí  sola, no constituye solución para los problemas de calidad y productividad profundamente arraigados, sobre todo si tenemos en cuenta que más importante que incorporar los últimos adelantos, es saber cómo emplearlos.

Aunque la computadora y las tecnologías en general tiene su lugar, dice el Dr. Deming,  también puede servir de depósito para datos que nunca se emplean. Con mucha frecuencia la compran recursos tecnológicos (hasta en un laboratorio), que parecen ser la “cosa indicada”. No existe un verdadero plan para su uso. La computadora o cualquier otro dispositivo tecnológico, así, confunde e intimida a la gente. A menudo el personal no es entrenado en  forma apropiada para usar el equipamiento.

Escrito por: Carlos E. Biscay, CEO de e-ABC Learning

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Fuentes:

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Author: Con•Tacto Humano
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